LA ILUSIÓN QUE NOS HACE PERSONAS

Más que las cosas, que las actividades, lo importante es la ilusión que  ponemos en ellas. Eso  nos hace personas. Este pensamiento se lo escribía a Miguel Angel en un reciente correo electrónico y me animó a plasmarlo en este apunte. Todos participamos en las competiciones, en los días de formación, en entrenamientos de una ilusión desbordante por la actividad del tiro con arco. Siempre que no exista un problema ajeno que nos distraiga o desvíe la atención, nos volcamos, con cada detalle nos ilusionamos, y, parece mentira, pero esos nos hace más humanos, más personas: nos aleja de cualquier síntoma de embrutecimiento y nos eleva, igual que lo haría un concierto de hermosa música, o la lectura de unos bonitos versos o una extraordinaria novela o una bella película. Una razón más para amar este deporte.

José Luis Lizarbe (gorro Robin Hood), José Antonio Izquierdo

En algunos de nosotros la ilusión alcanza niveles imposibles, quiero destacar hoy ese espíritu inquieto y joven, (todos gozáis de la cualidad de la generosidad que pugna por hacerse más grande a cada minuto que pasa), pues también la tiene por cataratas José Antonio Izquierdo. Es ilusión inquebrantable la que tiene cuando ya va por su tercer o cuarto intento de buscar la madera idónea para hacerse su propio arco tradicional, la ilusión por que vaya acompañado de la ropa apropiada a tan importante elemento, de que las flechas lleven las mejores plumas; regala gorros a lo Robin Hood, es una cuestión de ir creando ambiente. Y los demás se nos abren, con ganas, los asombrados ojos e inmediatamente nos sumamos a ese nuevo espíritu “combativo”  que nos arrastra a primigenios recuerdos escritos en nuestros genes de cazadores antiguos o primitivos.

Esa ilusión que se arraiga y crece con la práctica del tiro con arco es el motor y el alimento de una dinámica que nos permite, además de crecer como personas, mantener la inquietud de la juventud, la inquietud por un aprendizaje continuo que aparta a manotazos firmes y contundentes los síntomas de la decrepitud, de la vejez que siempre aspira a ser prematura.

Autor: Manuel Muñoz Moreno

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