CUANDO LA FLECHA SE CLAVA A SETENTA METROS, NACE EL ALMA DEL RITMO

Es real, es verdad: la belleza de la flecha describiendo un arco elíptico hasta el momento en que oyes el golpe seco sobre la diana. La belleza aumenta, crece, extiende la emoción como la piel de un tambor, según se amplía la distancia al parapeto, desde los treinta, cincuenta, hasta los setenta metros, por ahora. La había inmortalizado el cine, como bien nos recordaba nuestro amigo y compañero Fernando al principio de su último video colgado en nuestra página y en You Tube; pero para nosotros, los nuevos: Susana, Nazaret, Francisco, Ismael, José Luis -con su longbow-…, para mi mismo esta experiencia que será primigenia, antigua  el próximo domingo, será inolvidable. También para Miguel Ángel, que estrenaba en aire libre, su arco longbow en funda de piel, regalo de cumpleaños ( lo que hace triple la emoción porque al tensarlo su corazón palpitaba por sus dos hijas y “Graci”, su mujer, que tuvieron todo que ver en tan extraordinario evento); y Camilo, quizás  no era tan novísimo en el estreno del tiro con arco tradicional, pero si batió un récord de  longitud  en el arco elíptico, gracias a la suerte, con bastante fortuna, de la que todos nos alegramos.

Belleza y emoción que enriquece las sensibilidades y las alimenta. En el momento de tensar y soltar la cuerda que hará posible esa inolvidable curva, no pensamos que todo tiene un fundamento físico, científico, matemático: calculable a través de una ecuación, se nos olvida la definición que nos enseñaban, con paciencia profesores, maestros (a los que deberíamos estar agradecidos, sino a todos a algunos; y pensar que Marina ha elegido, seguro que por vocación, esa profesión hermosa: enseñar al que no sabe)…, mientras la mente pensaba en las “musarañas” -no sabíamos que eran pero nos las repetían padres y maestros, luego deben existir-. “La elipse es el lugar geométrico de los puntos del plano cuya suma de distancias a dos puntos fijos llamados focos es constante. A lo que deberíamos añadir la fuerza, el impulso (pura física) que despide a la flecha con el mejor de nuestros pensamientos para que dé en el mismo centro de la diana.

Pablo Romero con telescopio para ver impactos a larga distancia

“Si viene un golpe de viento, cuenta hasta diez, pues ninguna ráfaga de aíre dura más de diez segundos”, me explicaba Pablo, con paciencia de maestro  siempre nuevo, mientras colocábamos los bastidores, en el deseo de que la experiencia no naciera frustrada; que esa maravillosa, extraordinaria, nueva y hermosa experiencia que íbamos a vivir, se grabara en nuestra memoria, entre el galope de las nubes sorteando los rayos de sol, se esculpiera en nuestra alma cincelada por los potentes sonidos de la flecha al clavarse y que el aíre dejaba como sublimes notas rítmicas en nuestros apremiantes oídos.

Cuando la flecha se clava en la diana de setenta metros nace el alma del ritmo, consigues un sonido, ya, inigualable.

Autor: Manuel Muñoz Moreno

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