En el tiro con arco: Marina Guijarro, la elegancia rayando lo perfecto

No podemos generalizar: ningún deporte se lleva a las mejores personas. Pero sí, tengo que reconocer que en el tiro con arco estoy descubriendo hombres y mujeres maravillosos, extraordinarios. Cualidades poco comunes. La vida no da muchos respiros y por ello amamos con más intensidad la belleza: no abunda, y se aprecia más cuando la encuentras, como ahora, tan cercana. Hoy hablo de sensibilidad, de la hipersensibilidad trazando bucles de ilusión en las olas del viento; cuando la flecha de Marina cruza el aire el instante se hace más intenso y observo en los más jóvenes, en los ojos de los más pequeños una chispa de esfuerzo que anima a repetir el gesto en la suelta de su gigante dardo, donde los segundos se expanden mostrándonos que la vida puede ser más distendida, más plena, tal vez más amable. Es delicadeza en la enseñanza, firmeza en el respeto, seriedad con las normas. Toda una biografía al despertar en un ambiente hermosamente denso, impactado por la luz de un atardecer de ensueño. Marina es un ejemplo de constancia, del deporte del tiro con arco: un espejo en el que contemplar la estética, la elegancia rayando lo perfecto. E igual que la bondad es una virtud que se advierte en todo aquel que trabaja, investiga, crea y ama arrastrando la verdad en la materia, lenguaje o elemento que emplea; en ella esa bondad se cuaja de ética. Siendo a la vez persona que crece y acuna valores que entre filtros de ternura derrama por arrobas, siendo así, además, toda ella generosa: pudiendo entonces apreciar los elementos extraordinarios, maravillosos que su humanidad encierra y acarrea. Todo en un marco de sonrisa, de reflexión en la escucha, de reflexión en el silencio para que cuando el sonido que emita su garganta alcance la categoría de palabra, ésta, además de contenido lleve respeto.

Autor: Manuel Muñoz Moreno

LA PALABRA QUE VUELA, QUE CALA HONDO

Esa persona que te deja caer como alcanzar un pequeño logro, en este deporte que de tanta disciplina requiere (quizás como todos, pero para mi es único aunque sea minoritario); o mejor alagar tu logro como si fuera singular, especial. Esa persona cuya alegría se mueve más entre el filo de una hoja que entre el eco de los aplausos; alegría que desmenuza en una palabra bien pensada y que como la lluvia deja un rastro de otro lenguaje que cala más hondo.

Esa persona que amaga siempre hacia lo positivo como una amapola en convertir al aire en rojo, sabiendo que la libertad como el viento es indomable. Es una amante de la libertad y quiere y desea y ama y empuja esa libertad hasta hacerla nube que lo envuelve a él y a los que lo rodean; la muestra con sabiduría exquisita y la deja caer como soplo vivificante que alienta y enorgullece al que es capaz de escucharla.

¿Cuántos equipos, cuántos club querrían contar  con un liberador de los anegos, de las impotencias que generan las primeras inmersiones en el difícil mundo del tiro con arco? Sobre todo cuando  se hace con un piropo, con ver un excelente donde apenas tu has llegado a lo regular o a lo mediocre.

Y luego, con extraordinaria paciencia, explora la imagen, tu imagen, la imagen del arco, del plano, de la ondulante flecha y te la eleva para que te sientas digno en tu apostura (no olvidemos que en muchos, muchas veces, tantas…,nuestra apostura se encuentra lejos del ideal del atleta griego, inmortalizado por Fidias).

 En esta mecánica de la casualidad, en la que nos movemos, es importante contar con una musculatura física y mental como la de José Fernando Buitrón Gijón, que nos anime a asimilar la dinamita que, en un minuto, nos carga este deporte, o la vida misma.

                                 Autor:  Manuel Muñoz Moreno

RETRATOS DE PALABRAS

A veces olvidamos quien fue el que nos abrió la puerta. El que, sin importar el tiempo y la paciencia, nos miró con la comprensión preparada como barco que ayuda a cruzar el océano de la ignorancia. Nadie pidió compensación alguna, nadie extendió la mano sino fue para estrechártela como signo de felicitación. No merece la pena recordar el mensaje del refrán -enseñanza del “Quijote”-: “Es de bien nacidos el ser agradecidos”. Unos más que otros, todos tuvimos y tenemos un maestro que nos ayudó  y ayuda en el difícil prosperar en el deporte del tiro con arco; pero que rápido se nos pasó, se nos olvidó, se nos olvida quién  fue el que arrimó el hombro. Todo lo damos por merecido, pensando que tenemos derecho a colgarnos esfuerzos que otros hicieron, dejando sus horas desgajadas, despejando caminos que de manara fácil, saltarina y despreocupada los demás transitamos, muchas veces con la crítica como única bandera.

En esos hombres y mujeres, compañeros de ilusiones, pienso cuando trazo estas líneas:

          Adusto en el gesto, sin querer, enérgico y rotundo como roca o montaña que oculta la fuente cristalina de una sensibilidad excesiva; si excesiva puede ser la entrega generosa, o el cariño, o la pasión en el amor a las personas, y las cosas que se quieren hacer bien. No cabe tanta ilusión en figura tan grande, por ello, lo que aparenta ser duro es suave y ligero como la piel de un niño, de un infante con la inquietud por arrobas de la que impregna todo lo que toca o a todo aquel que se le acerca con la buena fe por delante.

          Es una estaca clavada en el muelle de la ayuda -a la izquierda como noble anclaje- donde amarrar nuestras dudas o nuestros miedos, lugar donde quedarnos a cubierto en este complejo mundo de un deporte con demasiados flecos sueltos, sujetos a los  aires y vaivenes de los intereses. Sí, clavada a la izquierda, el lugar donde asiste el corazón a los nobles, a  los buenos, a los positivos sentimientos.

          Cuaja en él la inteligencia justa, la imposible de medir, la grande y necesaria para hacer de una alta figura un hombre; Sí, todo un hombre a secas es la persona de la que hablo: Miguel Ángel Guijarro.

Miguel Angel Guijarro

Autor: Manuel Muñoz Moreno

EL ACIERTO DE LA FLECHA ES COMO LA DULZURA DE UN BESO

Pablo, siempre una fuente inagotable de buenas reflexiones, me explicaba, al sol de la tarde, en ese momento entrañable donde todos aunamos esfuerzos por montar parapetos (parece mentira que nos hagamos los remolones, como recordaba Maribel, que primero es montar parapetos y después arcos y al finalizar lo mismo: primero desmontar parapetos y después, pues eso, arcos; los que no lo hagan se pueden perder el calor de la buena convivencia y enseñanzas de valor inapreciable) que este es un deporte minoritario porque no sabemos explicar lo que se siente cuando una flecha alcanza los setenta o los noventa metros. Que esto no es como el fútbol que es más atractivo para el que lo ve; aquí se puede aburrir contemplando los disparos, desconocen todos los recursos que se ponen en marcha para que un objeto, alargado y con colores  en un extremo, alcance  un blanco.

Es verdad, es tan hermoso  lo que sentimos cuando una flecha se dispara en una soleada tarde de primavera, que cuando lo narramos  a los oídos inexpertos les suena a inverosímil. Como creer que la mirada vuela con la flecha, que el corazón vuela con la flecha, que la mente rasga el aire con la flecha; que un blanco perfecto es un torrente de alegría que invade todo el espíritu del arquero; que esa experiencia puede ser similar a un primer beso con la enamorada o un sentido y profundo y prolongado beso de la compañera o del enamorado esposo. Como explicar que cada blanco perfecto te hace brincar por dentro si eres tímido y hasta por los aires si no tienes complejos; que es casi mejor o igual que un regalo en un día de reyes; o quizás aún mejor, es como si en un solo día pudieras alcanzar felicitaciones encadenadas, como si pudieras cumplir años sin límite o infinitos cumpleaños. Algo de infinito tienen la intensidad de esos momentos y, por supuesto, mucha intensidad la tensión del instante, de los intensos segundos en que preparas la flecha para la elegante danza del vuelo, y la mirada que se coloca alas, y alas en el aliento para que no yerre el trayecto.

CUANDO LA FLECHA SE CLAVA A SETENTA METROS, NACE EL ALMA DEL RITMO

Es real, es verdad: la belleza de la flecha describiendo un arco elíptico hasta el momento en que oyes el golpe seco sobre la diana. La belleza aumenta, crece, extiende la emoción como la piel de un tambor, según se amplía la distancia al parapeto, desde los treinta, cincuenta, hasta los setenta metros, por ahora. La había inmortalizado el cine, como bien nos recordaba nuestro amigo y compañero Fernando al principio de su último video colgado en nuestra página y en You Tube; pero para nosotros, los nuevos: Susana, Nazaret, Francisco, Ismael, José Luis -con su longbow-…, para mi mismo esta experiencia que será primigenia, antigua  el próximo domingo, será inolvidable. También para Miguel Ángel, que estrenaba en aire libre, su arco longbow en funda de piel, regalo de cumpleaños ( lo que hace triple la emoción porque al tensarlo su corazón palpitaba por sus dos hijas y “Graci”, su mujer, que tuvieron todo que ver en tan extraordinario evento); y Camilo, quizás  no era tan novísimo en el estreno del tiro con arco tradicional, pero si batió un récord de  longitud  en el arco elíptico, gracias a la suerte, con bastante fortuna, de la que todos nos alegramos.

Belleza y emoción que enriquece las sensibilidades y las alimenta. En el momento de tensar y soltar la cuerda que hará posible esa inolvidable curva, no pensamos que todo tiene un fundamento físico, científico, matemático: calculable a través de una ecuación, se nos olvida la definición que nos enseñaban, con paciencia profesores, maestros (a los que deberíamos estar agradecidos, sino a todos a algunos; y pensar que Marina ha elegido, seguro que por vocación, esa profesión hermosa: enseñar al que no sabe)…, mientras la mente pensaba en las “musarañas” -no sabíamos que eran pero nos las repetían padres y maestros, luego deben existir-. “La elipse es el lugar geométrico de los puntos del plano cuya suma de distancias a dos puntos fijos llamados focos es constante. A lo que deberíamos añadir la fuerza, el impulso (pura física) que despide a la flecha con el mejor de nuestros pensamientos para que dé en el mismo centro de la diana.

Pablo Romero con telescopio para ver impactos a larga distancia

“Si viene un golpe de viento, cuenta hasta diez, pues ninguna ráfaga de aíre dura más de diez segundos”, me explicaba Pablo, con paciencia de maestro  siempre nuevo, mientras colocábamos los bastidores, en el deseo de que la experiencia no naciera frustrada; que esa maravillosa, extraordinaria, nueva y hermosa experiencia que íbamos a vivir, se grabara en nuestra memoria, entre el galope de las nubes sorteando los rayos de sol, se esculpiera en nuestra alma cincelada por los potentes sonidos de la flecha al clavarse y que el aíre dejaba como sublimes notas rítmicas en nuestros apremiantes oídos.

Cuando la flecha se clava en la diana de setenta metros nace el alma del ritmo, consigues un sonido, ya, inigualable.

Autor: Manuel Muñoz Moreno

LA MAGIA DE HACER UN ROBIN

En todos los deportes y casi todas las actividades humanas existen mitos y leyendas asociadas a estos. En el tiro con arco las fantasías que lo acompañan siempre van ligadas a acertar en el lugar más imposible o al menos el más pequeño. Si a esto le añadimos el factor salvar la vida o el romántico de defender a los desvalidos, tenemos la ecuación perfecta cuya solución siempre es la historia que se cuenta en los libros, o la que se narra de generación en generación.

Las batallas de la Grecia clásica, las conquistas del imperio romano, el justiciero Robin Hood, los ejércitos mongoles o la figura del indio americano lanzando mil flechas contra el séptimo de caballería han sido argumento de innumerables páginas de la historia real y de la fantasía literaria. Ahora nuestros aciertos no proclaman vencedores ni vencidos, no conquistan territorios, no arrebatan al tirano los bienes robados al pueblo, tan solo nos otorgan los puntos que nos llevan al pódium, pero lo que si es cierto, es que cada vez que una flecha se desliza entre nuestros dedos buscando su destino, le guía en su vuelo la infinita nube de flechas lanzadas por nuestros antepasados.

Dentro de los mitos que todo arquero debe atesorar se destaca el llamado, “hacer un robin”. Esta proeza se consigue cuando una flecha impacta en el centro de otra, que se encuentra clavada en la diana. En ocasiones, puede ocurrir de forma fortuita. La dificultad está en hacerlo de manera consciente. En el tiro de precisión, las flechas utilizadas son tubos huecos de diferentes materiales, por tanto, hacer un robin es ser capaz de introducir un tubo dentro de otro. En los ensayos de la gala del deporte de Argamasilla de Calatrava preparábamos una exhibición basada en este mito. Construyendo tubos de cartulina de cinco centímetros de diámetro a modo de flechas, y colocándolos sobre la diana con objeto de acertar en su interior a una distancia de diez metros aproximadamente. Ajustando distancias en los ensayos, Angel García lanzó el reto de intentar hacer un robin real con una de sus flechas, la condición natural de los arqueros es intentar acertar en un punto lo más pequeño posible, y como cuando se le lanza un palo a un perro, minutos después todos estábamos tirando flechas entusiasmados al mismo tubo. La primera serie dejó impactos a escasos milímetros de la flecha objetivo, pero en una segunda serie, Francisco López, nuestro Robin Hood local, consiguió la proeza de “hacer un robin”. La pena fue que no había cámaras de video para inmortalizarlo, el único registro que quedará de ese momento, es una fotografía sacada con un móvil y este relato.

Francisco López

Quizás los que estábamos allí no hemos vivido en directo la conquista de un oro olímpico, ni el triunfo en el estadio de nuestro equipo de futbol en la final de cualquier competición, pero nos sentimos enormemente afortunados, porque cuando pasen los años y nuestras historias suenen a batallitas del abuelo Porretas, siempre podremos mirar a los arqueros noveles y decirles: ¡eh, que yo vi hacer un robin!.

Autor: José Fernando Buitrón

LA EMOCIÓN CONVERTIDA EN HERMOSO SENTIMIENTO (UN NUEVE DE MARZO, DÍA DEL DEPORTE, EN ARGAMSILLA)

¡Qué situación tan singular, que gran grupo protagonizándola!  La emoción,  una cualidad que adorna la actividad deportiva, ha sido para mí todo un descubrimiento. Y la lágrimas que derramé a solas porque me dio vergüenza verterlas delante de todos; y se las oculté a mi mujer y me salieron de madrugada, recordando las horas de la noche anterior. Se vuelcan con potencia en mi memoria Gracia, la primera, porque ella transmitió la importancia de ese momento pero estaban Pablo y Elisa, Fernando,    Quico y Rosa, José Antonio y Victoria, Ángel y  Carmen,  Mario y Toñi, José Luis, Miguel Ángel (mentor y observador de mis reacciones) y Marina. El mundo entero, pues todo el mundo con Begoña incluida estaba allí, y la emoción que me hacía no decir palabra: entonces cuando más se necesita te quedas absorto como  en otra ala de un edificio imaginario, viéndolos a todos y la emoción, hermosa eso sí, tan hermosa que se me salía del espíritu y quería irse en agua a través de los ojos. Pero aguanté, tal vez cobarde, hasta el amanecer para derramarlas  a solas. ¿Qué clase de personas hacen eso, hacer temblar a un adulto como a un niño? ¡Qué extraordinaria la actuación de nuestro cuatro arqueros: Fernando elocuente en sus explicaciones, la gente asombrada ante la complejidad  o sencillez de las armas  que se le presentaban; el disparo de Quico, haciendo un “robin en los ensayos (y perdiendo una flecha, que ya cuesta) y Ángel certero y todos certeros! Y la emoción que se desparramaba, se derramaba por todos los rincones por donde iba esta buena gente. Y yo que tenía prisa, que no quería que la emoción me desbordara, que sabía que me estaba conteniendo, que dudaba de mis fuerzas para no venirme abajo y llorar allí mismo o en el bar de Santi o en la calle Mayor. Y Gracia que sabía que estaba nervioso y poco centrado como un niño asustadizo que es lo que era. Y un grupo tan fuerte. Y esa armonía que se quedará grabada en mi memoria, en mis recuerdos que espero no se confundan jamás para que me duren hasta el final de mis días como un tesoro enorme. ¿Qué hace de una emoción una corriente capaz de sacudir a un grupo, elevándolo de nuevo a la infancia, a la niñez, haciéndolo de pronto otra vez joven, muy joven?  Y todos que iban enriqueciendo poco a poco esa hermosura, esa emoción hasta convertirla en belleza, en un sentimiento noble, hermoso y bello que nos embargará toda la vida. Ahora sé lo que otros han vivido antes que yo y lo que vivirán todos los que después reciban estos galardones. Y sé que sabré comprender hasta la raíz ese sentimiento que nos vuelve vulnerables y grandes y niños y jóvenes. Actos que siembran amistad, lazos de cariño fuertes, irrompibles como las cadenas que sujetaban al semidiós o titán Prometeo, pero para nosotros, amarrados a una roca de comprensión, de afecto y amor.

 Autor: Manuel Muñoz Moreno