Pablo Romero, singular arquero, persona real, esencia de personaje de historia principal o cuento.

De izq. a der. Pablo Romero y Manuel Muñoz

Te encuentras cerca de Pablo Romero (una especie singular de arquero, él se define elegante pero le gusta utilizar los zapatos viejos) y estás bajo un techo tranquilo que parece cubrir tus hombros de un azul descarado, insolente, permanentemente quieto. Puede saber de todo pero nada quiere  conocer de la historia en estos tiempos revueltos; para él solo sucede o parece suceder el  cándido, el ingenuo vuelo de las palomas blancas. No se conmueve el aire y si alrededor tuviéramos un mar o un océano no se removería más alta de  lo debido ninguna soberbia ola; nunca existirían, ni existirán las tormentas, los huracanes o los fieros vientos: tiende en rededor una hermosa, una cómoda calma en la que no tienen cabida los naufragios. Es como estar en una playa cuya arena no se atreve a levantar el viento (sólo a su pelo lo deja al libre albedrío del aire ligero); el polvo de los desiertos, hasta el de las resecas tumbas de tierra en verano es sólo algo de maquillaje que nos llega desde muy lejos. Las tensiones son algo de vida, ecos que reflejan el girar -inclinado- de esos mundos que pueden hasta ser peonzas o ramas rotas por el viento.

Pablo, arquero de zapatos viejos; tengo que  explicarme una y otra vez que es persona real, pero tan buena, que podría ser un personaje, es esencia de “quijote” o  “principal” de historia o cuento. Sus silencios no acrecientan el vacío, no alimentan distancias o alejamientos: encienden un poco más si cabe los momentos de la tarde. Y preparan así caminos como si pudieran, en la noche, arribar las estrellas; y en el amanecer sentir cantar a los luceros del alba bellos poemas.

Importa poder disfrutar a su lado del deporte genuino, hermoso y extraordinario del tiro con arco; importa porque el tiempo pasado con él, como amigo, se marca en nuestras manos y su sombra refulge con un brillo especial en nuestros ojos.

Con Pablo se aprecian las cosas de otra manera: infunde al arremolinado mar que nos rodea tal tranquilidad que parece que los males, las tragedias que hacemos de ellos, como engañosos veleros resbalen sobre el mundo dejando nuestro tiempo sereno.

Con él he aprendido a apreciar el silencio como si de él manara el murmullo que en otoño hacen las hojas secas. Silencio que acomoda, calma y ahueca: apreciado rincón del necesitado descanso, humus que alimenta al imprescindible sueño.

 

  Autor: Manuel Muñoz Moreno

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